jueves, 22 de agosto de 2013

El rojo ardiente de un amor olvidado

indie | Tumblr

Amarlo fue como prender una llama en medio del hielo, romper con esquemas y alinear las estrellas.
En medio de la noche surgió la llama que abrasó todo y nos dejo desnudos ante la duda de la entrega o el rechazo, dudando entre el abismo y tierra firme, como era de esperar tiramos todo a la nada y nos lanzamos a lo desconocido. Fuimos recompensados con pasión, felicidad y locura pero siempre nos quedamos con una espina clavada en el corazón, ¿de haber sido cautos y prudentes que habría sido de nosotros?¿Habríamos continuado la senda da la autodestrucción o continuaríamos embarcados en  proyectos de dudoso final? El destino, la suerte o lo que fuera que nos empujó el uno al otro quiso que olvidáramos el "y si..." para entregarnos en cuerpo y alma a una relación que nos consumía por dentro y nos abrasaba los pulmones.
El primer beso que compartimos fue doloroso. Era un día de verano en el que la lluvia torrencial bañaba las calles de Londres, caminábamos por Hyde Park en tensión,  mirándonos  de reojo continuamente, esperando a ver señales en el otro para actuar, pero ninguno de los dos por estúpido que parezca se atrevía a alzar la vista del suelo. En un inesperado momento su mano tomo mi brazo y nos detuvimos con brusquedad. Sus dedos, garras firmes que se aferraban a mi como si yo fuese su bote salvavidas y el un naufrago perdido me acercaron a él. Con cautela alce los ojos para encontrarme con una mirada salvaje, llena de pasión y amor sincero. Eran unos ojos verde oscuro que me acechaban con ferocidad, abrí la boca para decir algo pero la volví a cerrar confusa, involuntariamente había cedido a las súplicas de mi inconsciente y lo estaba besando. Todo se confundía, los colores se desteñían, la luz parecía distinta,  mientras nos acercábamos violentamente el uno al otro. Acabamos jadeantes,  yo me quedé quieta y aproveché el momento para mirarlo con fijeza sin avergonzarme, recorrí con la mirada cada detalle de su rostro, desde su sonrisa torcida  hasta sus orejas ligeramente puntiagudas. Mi corazón no paraba de estrellarse contra el esternón y notaba como las mejillas me ardían por la emoción.
Sin hablar nos despedimos, una caricia en la mejilla y otra mirada salvaje. La promesa estaba en al aire, volveríamos a encontrarnos.